Seducida

6 de julio
Lunes XIV

Os 2, 26 Por eso miren, voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón

Cuando traducen tu palabra, Señor, y le quitan toda carga de sensualidad, de ternura o desgarro amoroso, queda uno despojado de la poesía y de la belleza. Y el lenguaje que me has dicho, hablándome al corazón, desde hace tantos años, se vuelve literal. Así son las traducciones litúrgicas, misales y leccionarios, con los que quieren que nos hables a ¿la razón? Hoy en vez de seducirme, me persuades….y claro, prefiero ser seducido que persuadido por ti.

habitado

5 de julio
XIV domingo

Rm, 8.9.11-13 El Espíritu habita en vosotros

Así es, está dentro de mí, de ti, encarnado en lo más entrañable de la propia carne, sin espacio, sin lugar, en tu ser, sin saber cómo, pero está. Y allí, en el más puro centro, te vivifica, te sostiene, te mueve, te alcanza, te llena de plenitud. Es siempre don de vida.

Con el esposo

4 de julio
Sábado XIII

Mt 9, 14-17 ¿es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?

“Así te recibo yo, aurora que te eriges sobre las alondras, en el temprano despertar que se avecina a tus ojos. Atesora mis palabras junto a tu pecho, esposo adamado, dales cobijo, oh alta enredadera que me anudas en tus brazos y me ciñes como a un baluarte”. Y con las palabras del poeta, te digo que danzo delante de ti, por el amor a nombre, Jesús.

Acto de fe

3 de julio
Santo Tomás

Jn 20, 24-29 Señor mío y Dios mío

Veinte siglos después, Señor, al levantar tu cuerpo y tu sangre, en la eucaristía, muchas personas exclaman este acto de fe, sin necesidad de ver tu cuerpo, ni de tocar tu carne. Rendidos en adoración. Tomás creyó al ver. Dichosos los que viven de la fe en medio de la noche oscura del alma, dichosos los que siguen unidos a ti en cualquier circunstancia, sin haber visto.

Tu estrépito

1 de julio
Miércoles XIII

Am 5, 1.21-24 aparta de mí el estrépito de tus canciones

Y así sigo, cantando canciones estrepitosas y tañendo la cítara, en plena diversión, mientras tantas viven en el lamento de su desesperación. “No quiero escuchar la melodía de tus cítaras, que fluya el agua como derecho y la justicia como arroyo perenne”.